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(Re)pensando la sexualidad
Para inicios de la década de los ochenta en Estados Unidos, la herramienta primordial de los feminismos para estudiar el fenómeno de la opresión era el concepto de género. Éste les permitía analizar las dinámicas entre los sexos y comprender por qué, en el juego social, lo masculino siempre parecía tener primacía sobre lo femenino. Sin embargo, para ese mismo tiempo, había comenzado a gestarse un nuevo movimiento y, por lo tanto, una nueva arena de investigación: la de los estudios de la sexualidad. Si bien ésta coincidía, en ciertos puntos, con la del género –y estudiarlos a ambos al mismo tiempo, y más aún para ciertas causas, era necesario–, [1] se terminó por afirmar la independencia de los campos de la sexualidad y la insuficiencia de los feminismos para abordar su problemática. [2] En un texto, hoy considerado fundante de este tipo de investigación y pensamiento, la antropóloga Gayle Rubin sostuvo que “El reino de la sexualidad posee también su propia política interna, sus propias desigualdades y sus formas de opresión específica” que lo distinguen del mundo del género. [3] “Identificar, describir, explicar y denunciar la injusticia erótica y la opresión sexual” [4] debía ser, a su entender, el objeto de una teoría radical del sexo. Para ello, había que desarrollar nuevos “instrumentos conceptuales” con la capacidad de mostrar el objeto de estudio; pero, más importante aún, era necesario identificar los “rasgos persistentes del pensamiento sexual [que] inhiben el desarrollo de una teoría de este tipo”. En “Reflexionando sobre el sexo”, Rubin se dedica, primordialmente, a exponer los diversos tipos de pensamiento, arraigados en la cultura occidental, que no permiten reflexionar clara y libremente sobre la sexualidad. Identifica seis en total. Al primero de ellos lo llama esencialismo sexual, el cual, en su concepto, consiste en “la idea de que el sexo es una fuerza natural que existe con anterioridad a la vida social y que da forma a las instituciones”, que es algo “eternamente inmutable, asocial y transhistórico”. [5] Esto es, se concibe al sexo como algo dado en la naturaleza, parte de los cuerpos o de las psiques de las personas, pero fuera de toda regulación social. Rubin identifica como oposición al esencialismo sexual al constructivismo sexual, una forma de pensamiento que comenzó a tomar fuerza a partir de la década de los setenta, a través de exponentes como Michel Foucault o Jeffrey Weeks. Foucault, expone Rubin, “critica la visión tradicional de la sexualidad como impulso natural de la libido por liberarse de las limitaciones sociales. Foucault argumenta que los deseos no son entidades biológicas preexistentes, sino que, más bien, se constituyen en el curso de prácticas sociales históricamente determinadas.” [6] Valga la cita extensa para que quede claro en qué contribuye esta nueva forma de entender la sexualidad: El nuevo pensamiento sobre la conducta sexual le ha dado al sexo una historia y creado una alternativa constructivista al esencialismo sexual. El supuesto de que la sexualidad se constituye en la sociedad y en la historia y que no está unívocamente determinada por la biología subyace a todos los trabajos de esta escuela. Ello no significa que las capacidades biológicas no sean prerrequisitos de la sexualidad humana, significa simplemente que ésta no puede comprenderse en términos puramente biológicos. Los cuerpos y los cerebros son necesarios para las culturas humanas, pero ningún examen de estos puede explicar la naturaleza y variedad de los sistemas sociales. El hambre del estómago no proporciona indicios que expliquen las complejidades de la cocina. El cuerpo, el cerebro, los genitales y el lenguaje son todos necesarios para la sexualidad humana, pero no determinan ni sus contenidos, ni las formas concretas de experimentarlo, ni sus formas institucionales. Más aún, nunca encontraremos al cuerpo separado de las mediaciones que le imponen los significados culturales. [7] El segundo tipo de pensamiento que impide reflexionar claramente sobre el sexo es la negatividad sexual: la idea de que el sexo es esencialmente pecaminoso, perverso, enfermo e ilícito. [8] Su mención provoca, por lo general, una sospecha. Esta cultura, afirma Rubin, “juzga siempre toda práctica sexual en términos de su peor expresión posible”. Prácticamente, toda conducta erótica es considerada mala a menos que exista una razón específica que la salve, como el matrimonio. [9] El tercer tipo de idea que señala Rubin es lo que llama la falacia de la escala extraviada: no sólo se asume que el sexo es malo y peligroso, sino que tiene una capacidad destructiva amplia. La sospecha se siente legitimada por lo que se percibe siempre como una amenaza: basta un descuido, y las ideas sobre el sexo pueden escaparse y contagiar a las personas más vulnerables, destruir el tejido social, destrozar la unidad de la familia y poner en jaque al Estado mismo. ¿Cómo se puede discutir la sexualidad cuando lo que está en juego es la vida misma? La valoración jerárquica de los actos sexuales es el cuarto tipo de pensamiento que Rubin identifica. En la cultura occidental, existe una jerarquía de las conductas sexuales. En la cúspide de la pirámide, se encuentra la sexualidad reproductiva entre un hombre y una mujer al interior de un matrimonio monógamo. Quienes se encuentren en este supuesto, gozan de una serie de beneficios jurídicos y sociales importantes: desde una presunción de normalidad y de gozo de salud mental, hasta los derechos que se le atribuyen, por ejemplo, a la institución del matrimonio. De ahí, comienzan las degeneraciones: parejas heterosexuales monógamas y reproductivas, pero que no están casadas; parejas heterosexuales monógamas, que no están casadas y tampoco tienen hijos o hijas. Luego, comienzan a cesar los beneficios y aparecen los perjuicios para personas que “se ven sujetas a la presunción de enfermedad mental, a la ausencia de respetabilidad, criminalidad, restricciones a su movilidad física y social, pérdida del apoyo institucional y sanciones económicas”. [10] ¿Cuáles son estos peligrosos actos sexuales? Los homosexuales, promiscuos, no procreativos, comerciales y fuera del matrimonio. [11] El quinto tipo de pensamiento está íntimamente relacionado con el cuarto y es lo que Rubin denomina la teoría del dominó del peligro sexual. Dada la jerarquización de la sexualidad, existe una división entre el sexo bueno y el malo. Discutir los límites –o las razones detrás de ciertos límites– incita el pánico de que de cambiar dichos límites y permitir algo previamente prohibido, el muro que separa a las sexualidades quede efectivamente derrumbado. Si se legitima a uno, se legitima a todos: el matrimonio entre personas del mismo sexo podría llevar a otras tantas “perversiones”. La falacia de la escala extraviada hace mancuerna perfecta con la teoría del dominó del peligro sexual: es el orden social mismo lo que está en riesgo cuando se discute el alcance de la sexualidad. Por último, Rubin identifica la creencia de que existe una única sexualidad legítima –corolario de todo lo anterior. La variedad es tratada como anomalía –desviación– y no como una expresión válida de la diferencia: el pluralismo, gran valor en el ámbito político, es percibido como amenaza en la arena sexual. El ejercicio realizado por Rubin pretende contribuir a que sea posible comenzar a discutir lo que sería una sexualidad democrática. En este sentido, no es que la sexualidad deba quedar fuera del ámbito de la regulación –esto es imposible, según su forma de pensamiento–, sino que los criterios normativos particulares que la rigen deben transformarse. Para esta pensadora, “una moralidad democrática debería juzgar los actos sexuales por la forma en que se tratan quienes participan en la relación amorosa, por el nivel de consideración mutua [que se tienen las partes], por la presencia o ausencia de coerción y por la cantidad y calidad de placeres que aporta”. [12] Notas al pie[1] Para Catherine MacKinnon, por ejemplo, es prácticamente imposible estudiar la sexualidad sin el género, ya que la sexualidad sólo se entiende a través de la dinámica del género: la sexualidad se define, principalmente, como masculina y femenina, como aquella que posee y aquella que es poseída. En el Boletín “Género y Justicia” del mes de septiembre de 2011, se abordó esta concepción de la sexualidad. [2] Para Gayle Rubin “las herramientas feministas conceptuales fueron elaboradas para detectar y analizar las jerarquías basadas en el género. En la medida en que dichas jerarquías se sobreponen a las estratificaciones eróticas, la teoría feminista posee cierto poder de explicación, pero a medida que las cuestiones son menos de género y más de sexualidad, el análisis feminista pierde utilidad y es a menudo engañoso. El pensamiento feminista simplemente carece de ángulos de visión que puedan abarcar la organización social de la sexualidad. Los criterios fundamentales del pensamiento feminista no le permiten ver ni valorar las relaciones de poder básicas en el terreno sexual.” Ver Gayle Rubin, “Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad”, Placer y peligro: explorando la sexualidad femenina, en Carole Vance (ed.), Madrid: Revolución, 1984, p. 186. Un ejemplo clásico que la misma Rubin ofrece para entender los límites del género frente a la sexualidad es el de las mujeres lesbianas: si bien, en tanto mujeres y mujeres lesbianas sufren una serie de perjuicios que los hombres y los hombres gay no –y, en este sentido, los estudios de género siguen siendo necesarios–, también sufren una serie de problemas por su orientación sexual y no sólo por razón de su género. [3] Ibid., p. 114. [4] Ibid., p. 130. [5] Ibidem. [6] Ibid., p. 131. Para entender la estructura y conceptos básicos del pensamiento de Michel Foucault, ver el primer volumen de La historia de la sexualidad. La voluntad de saber, editado por Siglo XXI. También véase Jeffrey Weeks, Sexualidad, Madrid: Paidos Ibérica, 1998; Jeffrey Weeks, “Remembering Foucault”, Journal of the History of Sexuality, vol. 14, núm. ½, enero-abril 2005, pp. 186-201; Ivonne Szasz y Susana Lerner (comps.), Sexualidades en México. Algunas aproximaciones desde la perspectiva de las ciencias sociales, México: Colegio de México, 1998. [7] Rubin, supra, p. 132. [8] Una de las grandes aportaciones de Michel Foucault fue identificar las similitudes entre el discurso religioso y el discurso psiquiátrico en la regulación de la sexualidad: cómo se pasó de hablar del pecado a hablar de la enfermedad en el siglo XVIII, permitiendo la continuidad –en sociedades laicas y modernas– de la estigmatización de la sexualidad. Véase Michel Foucault, La historia de la sexualidad. La voluntad de saber, México: Siglo XXI, pp. 48-92. [9] Rubin, supra, p. 135 [10] Ibid., p. 137. [11] Ibid., p. 140. . [12] Ibid., p. 142. |
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