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Género y Sexualidad

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Uno de los conceptos más importantes dentro de los estudios feministas es el de “género”, el cual sirve para señalar que las diferencias entre los hombres y las mujeres, más que biológicas, son culturales. Esto es: que lo relevante no son las distinciones sexuales –biológicas, corpóreas–, sino la interpretación que los seres humanos hacemos de las mismas; el significado e importancia que les damos. Esto es el “género”, en contraposición al “sexo”. [1] En este mismo sentido podrían entenderse los diversos estudios surgidos en las últimas décadas en torno a la sexualidad. Estos análisis, más que enfocarse en el cuerpo, los órganos y actos sexuales en sí, se dedican a revelar las interpretaciones que se hacen de los mismos, y parten de la premisa de que la sexualidad también es una construcción social, que varía conforme cambian las épocas y las sociedades. [2]

De la misma forma en la que el “género”, como concepto, pretendía luchar contra el determinismo biológico, [3] esta manera de entender la sexualidad busca contraponerse a las posturas que la conciben como una “fuerza” o “una energía natural irresistible apenas controlada por una delgada corteza de civilización”. [4] Así, más que interesarse en cómo el cuerpo –y sólo el cuerpo determina la experiencia sexual de una persona, se enfocan en cómo lo social constituye la sexualidad: cómo el derecho, la economía, los medios de comunicación, las religiones, la educación, la tecnología, entre otras cosas, inciden en lo que se considera sexual. En este ámbito interesa cómo se define el placer, la violencia sexual o las perversiones en un cierto momento. ¿De qué depende que algo sea tratado como sexual o no? ¿Qué determina que el derecho, por ejemplo, incida en esta arena y las diversas formas en que lo hace? [5]

Interesan, en esta línea, los procesos por medio de los cuales se construye un concepto –en este caso, el de la sexualidad– y los efectos que ello tiene en la realidad: cómo impacta, al final del día, la vida de las personas. Desde aquí puede entenderse el trabajo de una de las teóricas feministas del derecho más prominente: Catharine MacKinnon.

Una de sus primordiales preocupaciones es la relación entre la sexualidad y el género; sobre todo, la forma en la que la experiencia de las mujeres es definida por la sexualidad. Su labor académica inició en los setenta, en la plena época de la llamada “segunda ola del feminismo”, cuando lo relevante ya no sólo era el tema del acceso formal a los derechos, sino determinar las maneras en que las mujeres eran, de facto, discriminadas, subordinadas o explotadas.

Fiel a su tiempo, el interés de MacKinnon fue revelar la verdadera experiencia sexual: la vivida, día a día, en carne propia, por las mujeres y por los hombres. Partir de la realidad es imprescindible para ella, sobre todo porque esto permitía reconocer una voz silenciada por años: la de las mujeres. Con ello, construyó una teoría feminista de la sexualidad.

En el tiempo de MacKinnon comenzaron a aparecer las estadísticas demostrando que la gran mayoría de las mujeres sufre, en algún punto de sus vidas, violencia sexual. [6] Para ella, estas cifras eran clave: la violencia sexual no era la excepción, sino la norma. [7] Por cuanto a la dinámica del poder, fundamental para la subordinación de las mujeres, una de las grandes aportaciones de esta jurista fue revelar cómo el sistema, más que erradicar la violencia sexual, la preserva –de diversas maneras– porque es necesaria para mantener el statu quo. [8]

Para esta pensadora, como se mencionó, si una analiza la realidad –desde la experiencia personal de cada mujer hasta la pornografía–, se dará cuenta de que la violencia y la sexualidad están unidas. La dominación y la sumisión como dinámica entre los sexos son la norma. La agresividad, el afrodisíaco principal. Y esto es constitutivo del género: [9] “Muchas de las características distintivas del estatus de segunda clase de las mujeres –la restricción [y] la limitación [...], la servilidad y la exhibición, la automutilación y la exigencia de tener que presentarse como una cosa hermosa, la pasividad impuesta, la humillación– se generan en el contexto del sexo para las mujeres. Ser una cosa para el disfrute sexual [del hombre] es fundamental para ello.” [10]

“Esto apunta no sólo a una sexualidad que está formada en condiciones de desigualdad de género, sino a una sexualidad que es, en sí misma, la dinámica de la desigualdad de los sexos.” [11]

Ahora, para MacKinnon, una de las preguntas relevantes no sólo es qué es la sexualidad en un contexto dado, sino quién la define. De nuevo, si una analiza las leyes que la regulan, los casos que la resuelven, la pornografía que la expone, las novelas que la recuentan, las películas que la narran, la música que la glorifica... una cosa queda clara: son los hombres quienes definen la sexualidad. Es una la experiencia tomada en cuenta: la masculina.

El punto medular en el trabajo de MacKinnon, sin embargo, no es sólo que revela quién define realmente la sexualidad –los hombres–, ni cómo impacta la vida de las personas –sobre todo de las mujeres–, sino que también identifica los mecanismos por medio de los cuales estos procesos resultan invisibilizados. En la pornografía, por ejemplo, cada vez que se muestra a una mujer sonriendo cuando es humillada o golpeada, la línea entre la violencia y el sexo se difumina. En el derecho, por ejemplo, cada vez que un caso de violación es tratado, más bien, como un ejercicio del débito carnal al interior del matrimonio, la violencia se convierte en sexo. [12] El sexo necesita a la violencia para ser excitante, pero una vez que esta violencia se clasifica como sexo –como placer, como deleite, como erotismo– queda borrada de la ecuación, mas no de la realidad.

Quizá, después de lo expuesto, no sorprenda que esta vertiente del feminismo haya sido denominada la radical. En efecto, esta concepción obliga a mirar la realidad de una forma inusitada y cuestiona todos los conceptos que se tienen para articularla. Quizá no se esté de acuerdo con muchas de las premisas de las que parte o las conclusiones a las que llega, pero algo que no se le puede reprochar a esta postura es que siembra la duda: ¿quién exactamente define la realidad?

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